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SAN CAYETANO - Homilía de monseñor Juan Carlos Romanín SBD, obispo de Río Gallegos (7 de agosto de 2009)
  AICA Documentos - Juan Carlos Romanín, SDB
 

FIESTA DE SAN CAYETANO

 

Homilía de monseñor Juan Carlos Romanín SDB, obispo de Río Gallegos, con motivo de la Fiesta de San Cayetano

(7 de agosto de 2009)

 

Queridos hermanos todos:

¡Gracias por haber venido a participar de esta celebración eucarística! Dios nos llama y nos invita a la mesa del altar para pedir, ofrecer, alabar, agradecer… gozando de su presencia siempre nueva en medio nuestro.

El programa que expone Jesús en el Evangelio de hoy está dirigido a sus discípulos de todos los tiempos, para iniciarlos en el espíritu que supone el anuncio y seguimiento de Jesús, el mesías sufriente.

Jesús proclama: “El que  quiera seguirme, que renuncie a sí mismo, que cargue con su cruz y me siga. Porque el que quiera salvar su vida, la perderá. Y el que pierda su vida a causa de mí, la encontrará”. (Mt 16, 24-28)

Una vez expuestas estas tres condiciones del discipulado: abnegación, aceptación de la cruz y seguimiento, Jesús da tres razones en conexión con esa insistencia que da unidad a esta propuesta de seguimiento: primero,  perder la vida por Jesús es ganarla; segundo, la vida vale más que el mundo entero; tercero, en el juicio de Dios, su Padre, Jesús “pagará a cada uno según su conducta”.

De todo el conjunto del texto se desprende que Jesús pide a su discípulo una adhesión incondicional, hasta el punto de renunciar a toda seguridad personal e incluso a la propia vida, precisamente para ganarla.

El que arriesgue y hasta pierda su vida por Cristo, la encontrará colmadamente, porque se incorpora a su muerte y resurrección, accediendo y participando así a la vida inmortal de Jesús.

Estas afirmaciones suenan extrañas al hombre de hoy, en un mundo que preconiza el disfrute de la vida al máximo, en gozar todo sin limitaciones. Pero Jesús no dice que hay que renunciar a vivir esta vida para alcanzar la otra, ni despreciar los valores humanos y materiales para poseer los bienes espirituales. No plantea una disyuntiva entre esta vida y la otra, como términos opuestos, excluyentes, sino que propone orientar toda la vida integralmente. Lo contrario conduce al vacío y al fracaso.

Cerrarnos en nosotros mismos y en un proyecto de vida que no se ajusta al plan de Dios y a los valores del Evangelio, es colocarnos al margen de la Palabra de Dios, es decir, del amor a Dios y al prójimo. Mirar todo desde nuestro egoísmo, ambición, intereses e insolidaridad, es lo que arruina la vida presente y la futura. “Dios Padre pagará a cada uno según su conducta”.

El camino que Jesús propone es liberador. El dolor por el dolor no  tiene sentido. Es un mal, y como tal, Dios no lo quiere porque no es el Dios cruel. Lo mismo que Dios no se complació en el sufrimiento de su Hijo, sino en su amor y obediencia por la salvación del hombre, tampoco se alegra con nuestro dolor. Porque Dios no ama ni el dolor ni la muerte, sino la vida de sus hijos.

Es cierto que, lo queramos o no, el dolor amarga cualquier existencia. También la tuya. Y pequeños y grandes dolores llegan todos los días. ¿Queremos esquivarlos? ¿Nos rebelamos? ¿Producen en nosotros manifestaciones de enojo?... El cristiano ama la cruz, ama el dolor, aún en medio de las lágrimas, porque sabe que el dolor tienen valor. No por nada entre los innumerables caminos que Dios tenía a su disposición para salvar a la humanidad, eligió el dolor.

Pero El, después de haber llevado la cruz y haber sido clavado, resucitó. La resurrección es también nuestro destino si en lugar de despreciar el dolor lo sabemos aceptar con amor. Es experimentar que la cruz es el camino, desde esta tierra, a una alegría jamás comprobada. La vida de nuestra alma comenzará a crecer.

Jesús nunca sugirió ni mandó algo que él mismo no lo cumpliera primero. El nos precedió con su ejemplo, practicando lo que pide al cristiano de siempre. Por eso es modelo a seguir. Cristo fue el primero en hacer la opción radical por el Reino de Dios, plasmada en su desprendimiento y pobreza total, en su amor a todos, especialmente al más pobre, y en su actitud de perdón y reconciliación.

El se nos adelantó en la entrega de la vida para ganarla. Si Jesús nos pide autenticidad sin claudicaciones ante la incomprensión, la soledad, la adversidad, la persecución y la muerte, él fue adelante con su sí fiel e incondicional a Dios, su Padre, al bien, a la justicia y a la fraternidad humana. De ahí que Jesús tiene un atractivo irresistible. Su persona fundamenta el seguimiento del discípulo. Cristo es la fuente y el modelo a seguir de todo cristiano, hombre o mujer, y en toda edad de la vida.

“El que quiera venir detrás de mí, que renuncie a sí mismo, que cargue su cruz y me siga”. Ningún maestro de espíritu ni fundador de religión planteó con tal radicalidad su propio seguimiento mediante la negación de uno mismo como condición de vida. Por eso la cruz salvadora es elemento exclusivo del cristianismo, del estilo y doctrina de Jesús. Si él promete la vida a quien la entregue por su causa, es porque efectivamente puede hacerlo con la garantía de su vida nueva y gloriosa, a la que tuvo acceso por su pasión y muerte en la cruz.

La pasión de Cristo y su seguimiento son siempre de plena actualidad en el dolor de la humanidad sufriente y en los seres excluidos de la vida y víctimas del odio, la explotación y la violencia, la enfermedad y la muerte.

Participando de los sentimientos de solidaridad, servicio, disponibilidad y entrega absoluta de Cristo, seremos también partícipes de su glorificación. Caminando a su lado, nuestra suerte final será la condición gloriosa de Jesús.

En segundo lugar, como todos los años, la celebración de la fiesta de San Cayetano nos presenta la bondad de esta relación: pan y trabajo. Pan: que hace a la dignidad del hombre. Trabajo: que hace a la cultura de un pueblo.

Y esto hoy lo expresamos con nuestra oración. Oración porque venimos a pedir y agradecer el trabajo como parte esencial de nuestra vida. Lo expresamos con la Doctrina Social de la Iglesia, que nos enseña que el trabajo es una dimensión necesaria para el hombre; y que debemos educar en una cultura de la laboriosidad. Lo expresamos con nuestra denuncia, para advertir a la sociedad que la falta de trabajo, la desocupación, es una situación de injusticia, y que atenta contra la dignidad del hombre y contra la justa distribución de los bienes.

En tercer lugar, estamos en preparación al Jubileo Diocesano: en el 2011 celebraremos los 50 años de vida de nuestra Diócesis. A partir de esta Eucaristía, realidad en la que este año queremos profundizar y revalorizar, nos compartimos y nos hacemos pan con los más pobres, donando nuestras vidas,  nuestros dones y nuestras oraciones.

Quiero agradecer de una manera especial al P. Marcelo Toledo y a la comunidad del Santuario San Cayetano todo el trabajo y el esfuerzo que han realizado en estos días. Quiero también agradecer y revalorizar la presencia de los Movimientos eclesiales que enriquecen la vida espiritual diocesana que han presidido cada uno de los días de la novena de esta fiesta. ¡Muchísimas gracias y que el “Dios amigo de la vida” les premie en abundancia todo lo que han hecho!

Que la Santísima Virgen, a quien San Cayetano amaba de una manera entrañable, nos acompañe siempre y nos ayude a hacer realidad el lema que hoy nos convoca y nos une como Diócesis: “Celebramos y anunciamos: el Señor ha visitado a su pueblo”. Así lo creemos, así lo necesitamos.

Que así sea.

Mons. Juan Carlos Romanín SDB, obispo de Río Gallegos

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