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Iglesia católica; Homilías; Documentos; Monseñor Juan Carlos Romanín, Obispo de Río Gallegos - Homilía en lamisa de San Cayetano - 7 de agosto de 2006 - AICA
  AICA Documentos - Monseñor Juan Carlos Romanín, SDB
 

SAN CAYETANO

 

Homilía de monseñor Juan Carlos Romanín SDB, obispo de Río Gallegos, en la misa de San Cayetano (7 de agosto de  2006)


“Con Jesús y San Cayetano aprendemos
a escuchar y a ayudar a nuestros hermanos”

Queridos hermanos:

Damos gracias a Dios que nos permite una vez más celebrar juntos a Jesús, pan partido y sangre derramada, en esta tan esperada fiesta de San Cayetano.

Agradezco de un modo muy especial al P. Martín Llanos y a todos aquellos que han organizado este mes, esta novena, estas fiestas patronales. Dios les premie en abundancia todo lo que hacen por nosotros.

Es significativo que estemos unidos en la Patagonia, en nuestra Diócesis de Río Gallegos, con toda nuestra querida patria Argentina, en el mismo lema nacional: “Con Jesús y San Cayetano aprendemos a escuchar y a ayudar a nuestros hermanos”. Esto nos habla de comunión, de espíritu de unidad. Somos una sola Iglesia, un solo Pueblo de Dios que camina por nuestra historia, que recorre nuestras calles y quiere visitar nuestros hogares.

La primera lectura, tomada del libro del Éxodo, nos dice que Dios es el primero en darnos el ejemplo de una verdadera escucha. Ante los dolores del Pueblo Dios dijo: “Yo he visto la opresión de mi pueblo… y he oído sus gritos de dolor. Sí, conozco bien sus sufrimientos.”

Escuchar es abrirme al otro. Escuchar es hacer silencio dentro mío para estar atento a lo que le pasa al que está al lado mío. Escuchar es una actitud de compasión, de padecer con el otro, de poner el cuerpo a las necesidades de mis hermanos. Escuchar no es pasar de largo. Escuchar no es mirar para otro lado. Escuchar no es quedarme con los brazos cruzados. Escuchar es hacerme cargo del que tengo al lado mío. Escuchar es llegar a decir con Dios: “he oído tus gritos de dolor, conozco bien tus sufrimientos.”

San Cayetano, nació en Italia, en Venecia, en 1480. Se recibió de abogado en Padua. Después fue ordenado sacerdote. Regresó a Venecia y se unió “a un grupo de gente humilde, devota y ejemplar”. Trabajó en un Hospital de enfermos incurables y ejerció personalmente la caridad con los enfermos. Su ejemplo cundió por toda la ciudad. Caballeros, nobles, militares y vecinos de gran fortuna acudían como voluntarios al Hospital. Allí gastó gran parte de sus riquezas en obras de misericordia. Reparó el hospital. Acostumbraba decir que en la iglesia se rendía a Dios el homenaje de la adoración y “en el Hospital lo encontramos personalmente”.

San Cayetano fue un hombre que supo escuchar y ayudar a los hermanos. ¡Qué bien elegido el lema para este año! ¡Cuánto tenemos que aprender de la vida de este santo!

Al saber escuchar, supo encontrarse con Dios. Cada llaga, cada lastimadura, cada rostro de dolor, era un encuentro con su Dios, con su Jesús. Cayetano hizo experiencia concreta del Evangelio que hoy hemos proclamado: “Tuve hambre y me diste de comer. Tuve sed y me diste de beber. Estaba enfermo y me visitaste…Les aseguro, dice Jesús, que cada vez que lo hicieron con el más pequeño de mis hermanos, lo hicieron conmigo.” Su encuentro con Dios pasó por el amor a los hermanos. Sólo el que ama puede encontrarse con Dios. Sólo el que sabe escuchar con el corazón y es capaz de tender una mano, puede tener una experiencia seria y profunda de Dios. No por nada el Obispo le pidió a Cayetano que se encargara de la formación de los seminaristas, los futuros sacerdotes. Así los quería, como él: hombres de oración y de servicio. Y Cayetano cumplió con esta función hasta el 7 de agosto de 1547, día en que murió, en la ciudad de Nápoles.

Queridos hermanos: Dios siempre nos escucha. Dios siempre está atento a nuestras necesidades. Pero Dios se vale de nosotros mismos para responder a nuestros gritos. Nosotros somos Palabra de Dios para los demás y los demás son Palabra de Dios para nosotros. ¿Sabemos escuchar a los demás? ¿Nos cerramos a aquellos que tienen algo que decirnos? ¿Estamos sordos a lo que nos está pasando como sociedad? ¿Somos incapaces de ser la voz de los que no tienen voz? ¿Tenemos miedo de denunciar todo aquello que nos esclaviza, que atenta contra nuestros derechos? ¿Nos da vergüenza acercarnos a los más pobres para regalarles un poco de nuestro tiempo y compartir nuestras cosas con ellos?

Dios participa de cada acto de nuestra vida aunque no nos demos cuenta. Y cuando Él interviene lo hace para poner cada cosa en su lugar, en el que corresponde. Escuchó el clamor de su Pueblo y “los llevó a una tierra fértil y espaciosa”. Y siempre lo hace a través de otras personas: profetas, discípulos, pastores, pescadores… hoy a través tuyo, a través mío, a través de padres, hermanos, amigos, vecinos. A través de aquellos que son capaces de reconocer la voz del Señor y ayudar a otros a volver a su lugar de dignidad, de respeto, de hijos de Dios.

El Señor nos dice que nos tiene preparado un lugar muy cerca suyo, como lo hizo con San Cayetano. Nuestra tierra prometida es el cielo, el paraíso, el vivir cara a cara con Dios para siempre.

Nos encomendamos a la Virgen. Cuando nació San Cayetano su mamá lo encomendó a la Madre de Dios. Por ese motivo, desde muy pequeño, lo llamaban “Cayetano de Santa María”. Que también a nosotros nos puedan llamar “Pedro, Norma, Adriana, Jorge, Juan… de Santa María” dando así testimonio de que también nosotros queremos escuchar y ayudar a los hermanos tomados de la mano de la Santísima Virgen María.

Que así sea.

 

Mons. Juan Carlos Romanín sdb, obispo de Río Gallegos

 
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