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Iglesia católica - Obispos - Mensajes, documentos y homilías - Exposición de monseñor José Luis Mollaghan, arzobispo de Rosario en la Jornada Acadéica sobre la "Defensa de la dignidad del adulto mayor" (7 y 8 de julio de 2006) - Mons. Mollaghan - AICA
  AICA Documentos - Monseñor José Luis Mollaghan
 

EL ANCIANO Y LA DIGNIDAD HUMANA

 

Exposición de monseñor José Luis Mollaghan, arzobispo de Rosario en la Jornada Académica sobre la “Defensa de la dignidad del adulto mayor” organizada por el Foro de la Tercera Edad de Rosario y la Escuela Municipal de Gerontología de Rosario
(7 y 8 de julio de 2006)

 

La iniciativa de esta jornada Académica en Rosario sobre “la defensa de la dignidad del adulto mayor”, ponen de relieve algunos puntos centrales relativos a la tercera edad, inclusive vistos también con los ojos de la fe cristiana, que tienen una gran importancia, dado que nos permiten profundizar los aspectos sobresaslientes de esta preocupante realidad actual, no solo en nuestro país, sino en el mundo entero.

Los avances de la ciencia, y los progresos de la medicina, han contribuido notablemente a prolongar en los últimos años la duración media de la vida humana. La «tercera edad» abarca una parte considerable de la población mundial: y es vista como aquellas personas que con un límite determinado de edad salen de los circuitos productivos, aún disponiendo muchas veces de muchos recursos y sobre todo de la capacidad de participar en el bien común. A este grupo abundante de ancianos jóvenes, como definen los demógrafos, según la nuevas categorías de la vejez, a las personas de los 65 a los 75 años de edad, se agrega el de los los ancianos más ancianos, que superan los 75 años, la cuarta edad, cuyas filas están destinadas a aumentar siempre más. (cf. PontificioConsejo para los Laicos, La dignidad del anciano, 8.VII.2006, int.).

Esta llamada «revolución silenciosa» (cfr. ibidem), que supera los datos demográficos, plantea problemas de orden social, económico, cultural, psicológico y espiritual cuyo alcance debe ser objeto de una mayor atención. Por ejemplo, las naciones Unidas establecieron dieciocho Principios sobre los ancianos, distribuídos en cinco grupos: independencia, participación, atención, realización personal y dignidad, así como la decisión de dedicar a los ancianos una Jornada mundial.

Es fundamental tener en cuenta la calidad de vida de las personas ancianas, el respeto de sus derechos, particularmente a permanecer miembros activos de una sociedad que ellos mismos han contruibuído a edificar, la voluntad de promover acciones sociales en favor de la tercera y cuarta edad, la necesidad de continuar reflexionando y mejorando sobre esta etapa de la vida. No se trata de verlos solo técnicamente o abstractamente, sino en relación a la vida de muchos ancianos.

También la Iglesia permanentemente trabaja en la óptica de hacer viusible esta preocupación. Por ejemplo, en estos días se celebra el Vº Encuentro mundial de la Familia, en Valencia, organizado por el P. Consejo para la Familia. Precisamente allí se considerará esta misma preocupación en relación a la importancia y al estrecho vínculo del anciano y la familia. El anciano debe verse en relación a una familia; su propia familia, esposa o hijos y nietos, o su nueva familia (viudo, en una nueva comunidad); ó a la gran familia, en el contexto de su barrio, su ciudad y su historia; así como a la familia espiritual, de su fe, donde el anciano recobra su fuerza, pertenece a una comunidad y abre su mirada a lo trascendente.

Como dije, la preocupación y el compromiso de la Iglesia en favor de los ancianos son permamenentes y quieren llegar al corazón de la sociedad. Se han creado varidas iniciativas y obras al servicio de los ancianos, sobre todo gracias a las diócesis, a las congregaciones religiosas y a las asociaciones de laicos.

El Magisterio de la Iglesia, lejos de considerar el tema como un problema de asistencia y de beneficencia exclusivamente, ha enfatizado en la importancia de valorizar a las personas de todas las edades para que la riqueza humana y espiritual, así como la experiencia y la sabiduría acumuladas durante vidas enteras, no se dispersen (cxf. Ibidem).

Juan Pablo II decía a los ancianos «No se dejen sorprender por la tentación de la soledad interior. No obstante la complejidad de sus problemas [...], las fuerzas que progresivamente se debilitan, las deficiencias de las organizaciones sociales, los retrasos de la legislación oficial y las incomprensiones de una sociedad egoísta,(los ancianos) no están ni deben sentirse al margen de la vida de la Iglesia, o como elementos pasivos en un mundo en excesivo movimiento, sino sujetos activos de un período humanamente y espiritualmente fecundo de la existencia humana. Tienen todavía una misión por cumplir, una contribución para dar» (Juan Pablo II, Insegnamenti... VII, 1 (1984), p. 744).

 

El anciano en la Sagrada Escritura

La Palabra de Dios, nos da la posibilidad de profundizar la dimensión espiritual, moral y teológica de esta estación de la vida. Como estímulo para reexaminar el significado de la tercera y de la cuarta edad, podemos tener presente algunos puntos de la Sagrada Escritura, que exhortan como lo hace el libro de Levítico a “respetar al anciano” (Lv 19, 32)

El valor y la consideración por el anciano, en la Sagrada Escritura se transforma en ley: «Ponte en pie ante las canas, [...] y honra a tu Dios» (ibid.). Y también «Honra a tu padre y a tu madre» (Dt 5, 16).

Una exhortación delicadísima en favor de los padres, especialmente en la edad anciana, se encuentra en el tercer capítulo del Eclesiástico (vv. 1-16), que termina con una afirmación muy grave: «Quien desampara a su padre es un blasfemo, un maldito del Señor quien maltrata a su madre». Es preciso, entonces, hacer todo lo posible para detener la tendencia, tan difundida hoy, a ignorar a los ancianos y a marginalizarlos, «educando» así a las nuevas generaciones a no abandonarlos. Jóvenes, adultos y ancianos tienen necesidad los unos de los otros.

Bíblicamente, el hombre es siempre imagen de Dios (cfr. Gen. 1, 26). La edad avanzada tiene en la Sagrada Escritura un gran relieve, de tal manera que la vida larga es un signo de la bendición de Dios (cf. Génesis 12, 2-3) (cf. Ibidem, II)

En el Nuevo Testamento encontramos figuras de ancianos importantes en la Historia de la Salvaciön. Isabel y Zacarías, padres de Juan Bautista. Simeón y Ana, que esperan la llegada del Mesias en el templo. Nicodemo, miembro notable del Sanedrín y anciano. Y el mismo Pedro es un anciano. La vejez, en el lenguaje de la Biblia, es un tiempo bendecido y favorable.

Uno de los «carismas» de la longevidad, según la Biblia, es la sabiduría. Es un don de Dios que el anciano debe acoger y a mla vez ponerse como meta, para alcanzar esa sabiduría del corazón que da la posibilidad de «saber contar los propios días», es decir, de vivir con sentido de responsabilidad el tiempo que la Dios le concede a cada hombre y mujer. El descubrimiento del sentido más profundo de la vida humana y del destino trascendente de la persona en Dios, así como de su propia dignidad es el centro de esta vida sabia. Y si esto es importante para el joven, con mayor razón lo será para el anciano, llamado a orientar su propia vida sin perder nunca de vista la «única cosa necesaria» (cf. Lc 10, 42), (cf. P.C. para los laicos, o.c. II)

 

Dignidad del anciano

¿Que es la vejez? Juan Pablo II, mirando las estaciones, hablaba de la ancianidad, como el mismo Cicerón, como un otoño de la vida. Hay como una semejanza entre el paso de las estaciones y los ciclos de la naturaleza, en los árboles, en los bosques, en las llanuras, en los animales; y en el paso de nuestra vida.

Sin embargo, el hombre no puede compararse a una planta, ni a una piedra, ni a un bello paisaje. La etapas finales en la vida del hombre y de la mujer no son para el fin, sino al contrario, para un perfeccionamiento.

En esta perpectiva podemos hablar de la dignidad del anciano: mirar la vejez, no sólo como al hombre y la mujer que terminan el ciclo de la vida, menospreciando el final; sino también como quien merece un respeto por sus años, unidos a la sabiduría de su vida, quien llega a una cierta plenitud, abierta a la eternidad.

Este perfeccionamiento está en íntima relación a su ser persona. El hombre es persona y la dignidad de ser persona es propia del ser humano y por tanto esa dignidad continúa vigente en la tercera edad

No es solamente algo, sino alguien. Es capaz de ser y reconocerse como tal; es capaz de poseerse y de darse libremente, así como de entrar en comunión con otras personas. Está llamado a trascender, por ser espíritu, sobre todo en una dimensión de amor y de gracia, donde está comprometida su inteligencia y su propia voluntad (cf. Catecismo de la I. C, Nº 358).

La grandeza del hombre y su dignidad provienen de su origen y se manifiesta en su vocación permanente, en la unidad de su naturaleza, compuesta por un cuerpo y un alma, enriquecida por los sentimientos y los pensamientos; con fines inmediatos, y una misión en el mundo; inclusive con un fin sobrenatural que trasciende esta misma realidad. Precisamente si es persona, superior a una piedra, a una planta y a un animal, es por su espiritu también trascendente.

 

La condición de ser persona

La condición de persona también le exige relacionarse, porque el hombre y la mujer necesitan la vida social, con una mirada en el presente, en su existencia, y una vocación abierta al más allá; sabiendo que esta necesidad no es un añadido o algo que resulte simplemente decorativo, sino una exigencia de su propia identidad.

El podrá responder a a su vocación por la relación con los otros, y el mutuo intercambio personal; así como mediante el desarrollo de sus propias capacidades. De este modo el principio, el sujeto y el fin de todas las instituciones sociales es y debe ser la persona humana (Gaudium et Spes, 25,1).

El respeto de la persona humana implica al mismo tiempo el respeto de los derechos que se derivan de su dignidad de creatura. Estos derechos son anteriores a la sociedad y se imponen a ella. Fundan la legitimidad moral de toda autoridad.

Si estos derechos se llegaran a menospreciar o a negar en la legislación positiva de una sociedad, se mina la misma legitimidad moral de esa sociedad (cfr. CATIC 1939.

Para nuestra visión cristiana, el respeto a la persona humana exige que cada uno , sin ninguna excepción, considere al prójimo como a otro yo, cuidando de su vida y de los medios necesarios para vivir dignamente (cfr. Gaudium et Spes 27,1).

En este sentido hay que superar y eliminar como contraria al plan de Dios, toda forma de discriminación en los derechos fundamentales de la persona, ya sea social o cultural, en cualquier etapa de la vida

 

La situación actual

Cuál es la situación actual. Hay pueblos donde la vejez es apreciada y estimada. Otros en los que lo es mucho menos, a causa de una mentalidad que pone en primer lugar la utilidad y la productividad del hombre; o que pone en el centro su propio bienestar, dejando de lado otras exigencias. La tercera o cuarta edad a veces se la menospecia, y hasta el mismo anciano se pregunta si su existencia tiene utilidad.

Por la reserva del sentido de familia de nuestra gente, todavía se respeta al anciano; sin embargo, podemos preguntarnos si la globalización de muchas costumbres que vamos importando no van generando esta idea de una edad menospreciada, y subvalorada. Podemos justificar que un anciano no pueda ser atendido por sus hijos, por las exigencias de la misma enfermedad, y tenga que ser internado. ¿ Pero podemos aceptar que los hijos deban dejar a su padres como ya sucede en algunos lugares del mundo en una colonia de verano, para poder disfrutar mejor sus vacaciones?.

La vida más larga, la indigencia donde no hay suficiente atención social, la inacción forzada de los geriátricos, la soledad amarga de quienes están privados de amistad y de verdadero afecto familiar deben interpelarnos sobre el porqué de muchas conductas inhumanas frente a la ancianidad: sobre todo cuando se suman las dificultades propias del deterioro de la salud, las capacidades físicas y mentales limitadas, etc.

Muchas veces la conducta de la familia está cargada de angustia y de miedo al futuro, previendo dificultades económicas, de inseguridad o simplemente temiendo perder la propia libertad.

Entre los problemas que hoy econtramos contra la dignidad de la persona está la marginación. El desarrollo de este hecho relativamente reciente, ha hallado lugar en una sociedad que, concentra todo en la eficiencia y en la imagen de un hombre eternamente joven, y que excluyen de los propios « circuitos de relaciones » a quienes no tienen esas características.

Esto tiene relación con la pobreza, o una reducción de los ingresos y de los recursos económicos que pueden garantizar una vida digna, la falta de responsabilidades institucionales, y el alejamiento progresivo del anciano del propio ambiente social y de la familia, son los factores que colocan a muchos ancianos al margen de la comunidad humana y de su entorno.

También se debe considerar otro aspecto de la marginación la falta de relaciones humanas que hacen sufrir al anciano, no sólo por el alejamiento, sino por el abandono, la soledad y el aislamiento. Al disminuir los contactos interpersonales y sociales, comienzan a faltar los estímulos, las informaciones, los instrumentos culturales. Los ancianos, al ver que no pueden cambiar la situación por estar imposibilitados a participar en las tomas de decisiones que les conciernen, como personas y como ciudadanos, terminan perdiendo el sentido de pertenencia a la comunidad de la cual son miembros.

Para asistir a los enfermos ancianos no autosuficientes, sin familia, o con pocos medios económicos, se recurre a la asistencia institucionalizada. Pero el hecho de recluirlos en un instituto puede transformarse en una especie de segregación de la persona. En la medida de lo posible, los ancianos deberán poder permanecer en el propio ambiente, gracias al apoyo que se les prestará mediante, por ejemplo, la asistencia a domicilio, el hospice, el hospital de día, el centro de rehabilitación, etc.

Los geriátricos en cuanto residencias para ancianos al ofrecer alojamiento a personas que han tenido que dejar su propio hogar, deben respetar la autonomía y la personalidad de cada uno, posibilitando la dimensión familiar.

La jubilación obligatoria da comienzo a un proceso de envejecimiento precoz; mientras el contiunuado desarrollo de una actividad posterior a la pensión produce un efecto benéfico en la calidad misma de la vida. El tiempo libre de que disponen los ancianos es el principal recurso que se ha de tener en cuenta para volverles a dar un papel activo y fomentar el voluntariado.

Es necesario trabajar en implementar normativas sociales más precisas y amplias sobre el voluntariado que permitar incluir el aporte del anciano

Se debe dar la posibilidad a los ancianos de hablar y ejercer influencia en los temas relacionados con su vida y también con la vida de la sociedad en general. Juan Pablo II, expresaba al respecto: «deben ser reconocidas por los responsables de la sociedad como expresión legítima de la voz de los ancianos, y sobre todo de los ancianos más desheredados» (cf.Juan Pablo II, Insegnamenti… V, 3,1982, p.130)

Como expresa el Pontificio Consejo para los Laicos: “Para poner remedio a la cultura de la indiferencia, al individualismo exasperado, a la competitividad y al utilitarismo, que actualmente constituyen una amenaza en todos los ámbitos del consorcio humano, y con el fin de evitar toda ruptura entre las generaciones, es necesario promover una nueva mentalidad, nuevas costumbres, nuevos modos de ser, una nueva cultura. Buscar un bienestar y una justicia social que no olviden colocar a la persona humana, y su dignidad, en el centro de sus objetivos” (P.C.L, La dignidad del anciano y su misión en el mundo, junio 2006

 

Llamado en favor del respeto y dignidad de las personas ancianas

Debemos pensar que debemos crecer en una mentalidad que mire la dignidad del anciano en una perspectiva de amor. La tercera edad debe abrir los ojos del corazón, para ver con el corazón a quienes se deben respetar y amar por su dignidad de hombres y mujeres, por su dignidad de personas (cf. Benedicto XVI, Dios es caridad).

Tenemos que hacer un llamado no sólo a los profesionales cercanos a la tercera edad, a los médicos, enfermeras, psícoterapeutas,etc. sino en particular, a los formadores y educadores, a los medios de comunicación, y a los hombres y mujeres que profesan una fe en Dios creador de la vida, y que nos llama a respetarla y dignificarla con espíritu solidario; que trasmitan un mensaje de esperanza frente a la ancianidad, que permita cada vez más modelar el ideal de vida que incluya la presencia y la participación del anciano.

Una visión genuinamente humana, profundamente cristiana, debe poder ver al anciano como una riqueza y un verdadero don, para el individuo, la familia y la sociedad.

Asimismo, para que este camino sea efectivo, se deben procurar medios económicos y sociales que hagan posible este humanismo, particularmente mirando a los impedidos, a los enfermos, a los más necesitados y desprovistos de afecto. El anciano enfermo y desvalido también es nuestro prójimo.

Finalmente, esta reflexión también podría ayudar a los ancianos a mirar este período de su vida con más serenidad y abierto a la vida eterna; a llenar sus largos silencios mediante el diálogo, la cultura, la amistad, la reflexión, la religiosidad y la fe. Quienes tenemos la fe en Cristo, sabemos que la Palabra de Dios y los sacramentos nos reconfortan y fortalecen en este camino, sobre todo la Reconciliación, la Eucaristía y la Unción de los enfermos.

Debemos fomentar el cuidado y la atención no solo profesional sino también fraterna al anciano. Así como debemos aprender a envejecer, también deberíamos poder ayudar a envejecer a los demás. Debemos ser concientes de la riqueza y dignidad de la tercera y cuarta edad, de la amistad, de la solidaridad, y de la belleza del mundo que nos habla de la belleza infinitamente más grande del Creador (cfr. Juan Pablo II, 30.XI.86).

Confiemos a la Virgen María, Madre del Rosario, estas reflexiones.


Mons
. José Luis Mollaghan,
arzobispo de Rosario

 
 
 
 
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