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AICA Documentos - Obispos Argentinos - Monseñor Alfonso Delgado - Homilía en la Peregrinación de Jóvenes (3 de setiembre de 2006) - Mons. Delgado
  AICA Documentos - Monseñor Alfonso Delgado
 

PEREGRINACIÓN DE JÓVENES DE SAN JUAN

 

Homilía de monseñor Alfonso Delgado, arzobispo de San Juan de Cuyo en la peregrinación de jóvenes (3 de setiembre de 2006)

 

Queridos jóvenes sanjuaninos,
queridos hermanos que tienen el corazón siempre joven
con la alegría de sabernos hijos queridos de Dios:

 

1. Hemos recorrido 28 kilómetros desde la Capital de San Juan. Otros han venido desde Caucete y de otras poblaciones cercanas. Ha sido una peregrinación intensa y gozosa, recordando el andar de Jesucristo por los caminos de la tierra. Así hemos llegado hasta la sierra de Pie de Palo, este anfiteatro natural que nos reúne en la fe como familia alegre y juvenil.

Agradecemos de corazón a quienes han organizado este caminar de los jóvenes, especialmente a quienes trabajan en la pastoral juvenil; a quienes han alentado a los peregrinos a lo largo del camino; al esfuerzo de la comunidad parroquial de San Juan Bosco, en San Martín; a los sacerdotes que a lo largo del camino han brindado el sacramento del perdón; a quienes han preparado este lugar del encuentro final; a quienes se han esmerado en tantos detalles, de modo especialísimo a los vecinos y al Municipio de San Martín. Gracias por esta cordial acogida, tan generosa y abierta como el año pasado.

¿A qué hemos venido caminando al Pie de Palo? Si estuviera con nosotros el querido Benedicto XVI, nos diría que hemos venido a “redescubrir” a Dios, pero no a un Dios cualquiera, sino al Dios con rostro humano, ¡con un rostro humano y cercano! Porque cuando descubrimos a Jesús contemplamos a Dios.

La celebración de la Eucaristía nos pone frente a la Palabra de Dios, especialmente ante la Palabra de Jesús. Y nos hace partícipes del sacrificio de amor donde se actualiza la entrega de Jesús “hasta el fin”. Con su Muerte y su Resurrección nos abre las puertas de la felicidad en la tierra y en la vida para siempre. Además, Él se hace alimento y fortaleza para quienes lo reciben con un corazón bien dispuesto.

 

2. El Evangelio muestra a Jesús con ganas de aclarar “la verdad de las cosas”, como lo hace siempre. A quienes habían convertido la religión en una infinita lista de preceptos humanos, quizá prácticos e higiénicos para la época, Jesús les responde con palabras del profeta Isaías:

“Este pueblo me honra con los labios, pero su corazón está muy lejos de mí.
Me rinden culto en vano, pues lo que enseñan sólo son preceptos inventados por los hombres”.

Y les reprocha que han dejado el gran mandamiento de Dios, el mandamiento del amor a Dios y al prójimo, por seguir unas cuantas tradiciones y costumbres creadas por ellos mismos. Es la tentación, de entonces y de ahora, de pensar que la fe se reduce al “cumpli-miento” de unas cuantas costumbres rutinarias y externas. Sin embargo, el cristiano no es alguien que se limita a “cumplir”, sino que va reflejando, cada día un poco mejor, la vida, el amor y la entrega de Jesucristo, como espejo radiante y transparente. El cristiano verdadero “se parece a Jesús”, cada día más.

Jesucristo también nos enseña que no son las cosa de fuera lo que nos manchan y nos hacen indignos. Lo que de verdad hace impuro y corrupto al hombre es aquello que procede del interior de un mal corazón. De allí proceden las malas intenciones, la vida sucia de amores egoístas, las injusticias, la muerte del hermano, la avaricia y la maldad, la mentira y la envidia, la calumnia y el desprecio, la pereza y la irresponsabilidad, y tantos otros gusanos del alma que, si nos descuidamos, podemos alimentar y engordar, casi sin darnos cuenta, hasta reventar.

En esta tarde de invierno, con una fe que se ha fortalecido en el camino junto a otros hermanos, pedimos al gran amigo Jesús, siempre tan cercano, que nos ayude y aliente a limpiar el propio corazón y, si fuera necesario,  “a cambiarlo” o “trasplantarlo”.

 

3. Jesús vino a la tierra para bendecir y llenar de sentido la vida, la familia, la amistad, el trabajo, el esfuerzo solidario. Y si nos vemos pecadores o nos sentimos frágiles, o nos parece que el corazón se ha convertido en gusanera, Él viene a traernos la luz de la verdad, la fuerza de su misericordia y de la gracia que nos purifica, para retomar el camino de la dignidad de los hijos de Dios.

Una de las enseñanzas más conmovedoras de Jesús es aquella que nos habla del hijo pródigo. Y también cuando nos dice dijo que Él no viene a buscar a los “justos”, a aquellos que se las dan de buenos, a los “que se la creen” y miran por encima del hombro a los demás. No viene a buscar a los justos, sino a los “pecadores”, es decir, a todos y cada uno de nosotros, a ustedes y a mí y a la humanidad entera. Así es el amor de Dios: viene a ayudarnos a transformar el corazón, a cambiar nuestras actitudes, a curar el egoísmo, la mentira y tantas otras cosas malas, para darnos “un buen corazón”, semejante al suyo.

Jesucristo se queda entre nosotros, especialmente en su Palabra, en el Pan de vida, y en la vida de los cristianos, para bendecir así nuestra vida de cada día. Nos bendice para que cada uno de nosotros sea, a su vez, la bendición de Dios para los demás. ¿Alguna vez se han detenido a pensar que cada uno de ustedes es la bendición de Dios para la propia familia, para sus padres, los hermanos, los abuelos, los primos, los tíos, y toda la parentela? ¡Qué hermoso es recordarlo en este Año de la Familia, donde queremos hacer crecer el calor de familia y el cariño en cada uno de nuestros hogares! No nos quedemos sólo en “cumplir” con algunas cosas buenas, sino que sepamos amar y querer con todo el corazón, brindando todo lo bueno que procede de un corazón limpio y generoso sanado por Jesucristo.

Recordemos con alegría que también somos la bendición de Dios para tantos otros hermanos: para nuestros vecinos, los compañeros de trabajo y de estudio, de deporte o diversión, para los hermanos que comparten nuestra comunidad cristiana. No nos quedemos conformes con ser solamente respetuosos y “cumplidores”. Llevemos a cada uno el tesoro de la fe y del amor que brilla en el interior de nuestro corazón, transparencia de Cristo que entusiasma y alienta, que comprende y perdona.

 

4. Por último, quisiera recordar algo importante, que debe estar muy grabado en cada uno de ustedes. Cada cristiano, hombre o mujer, con pocos o con muchos años de juventud, es también la bendición de Dios para la sociedad en que vive. El buen cristiano es siempre buen ciudadano: el mejor ciudadano de la Patria. El buen cristiano-buen ciudadano es honesto, trabajador y respetuoso, busca siempre el bien de todos (el “bien común”), ama la vida y ama la libertad, sabe escuchar y dialogar, no se “lava las manos” de lo que pasa a su alrededor, es solidario y generoso. Sus ojos llenos de amor descubren rápidamente a quien sufre más, a los excluidos de la sociedad. Piensa en ellos y les tiende su mano. El buen cristiano cumple los deberes de ciudadano y sabe exigir valientemente todos sus derechos, los que le confieren su propia dignidad y la Constitución y las leyes justa del país. Si no fuera así, el egoísmo y la maldad estarían entronizados en el corazón, por más que fuéramos aparentemente “muy cumplidores” de los otros preceptos.

Por eso afirmamos categóricamente que creemos en el regalo de la vida. Creemos en la dignidad y en los derechos humanos de todo hombre y de toda mujer, de los que todavía no han visto la luz del sol porque están en el seno materno y de los ancianos, enfermos o desprotegidos. Creemos en nuestra Argentina, tan lastimada. Creemos en la fuerza arrolladora de la verdad y del amor de Dios. No queremos el dolor de las guerras ni la muerte de inocentes, no queremos la destrucción de poblaciones enteras. No queremos la exclusión de los más pobres, como si la dignidad humana sólo pasara por lo que se tiene y no por lo es cada persona.

La Cruz redentora de Jesucristo es siempre un signo “más (+), el signo del Sí, siempre positivo: un Sí a la vida y al amor verdadero. Nos duele todo lo que atenta a la vida, especialmente la espada amenazante de la pena de muerte para los seres más inocentes e indefensos todavía no nacidos, pero que ya son personas sujetos de derechos humanos y de derechos civiles. No queremos una nueva Argentina de desaparecidos, nuevos N. N. Sin nombre y sin tumbas, como en épocas tristes de la historia reciente. No queremos pena de muerte para nadie, ni siquiera para el delincuente, Pero mucho menos para estas nuevas víctimas inocentes a merced de los nuevos verdugos.

 

5. Queridos amigos: con la confianza de miembros de la familia de Jesús, pedimos a Dios que nos cambie y renueve el corazón, para que de nuestro interior no aflore la maldad sino que broten las bendiciones de un corazón lleno de bien. Para eso necesitamos estar cerca de Dios y tratarle de tú a tú: esa es la auténtica oración del cristiano. Necesitamos purificamos en el sacramento del perdón y de la misericordia. Necesitamos alimentamos con el Pan de su Palabra y con el Pan de su Cuerpo y Sangre. Necesitamos conocer y valorar el amor que Dios nos tiene, y compartirlo en la familia, en la comunidad cristiana, en el estudio y en el trabajo, y en el abanico de la vida en sociedad. Porque sabemos que Dios nos bendice cada día y cuenta con nosotros para ser la bendición de Dios para los demás, para la sociedad en que vivimos, y para este país bendito que nos ha regalado de Dios.

Que María Santísima nos lleve siempre al encuentro de Jesucristo. Y nos ayude a volver a Él cada vez que lo necesitemos. Que así sea.

 

Mons. Alfonso Delgado, arzobispo de San Juan de Cuyo

 
 
 
 
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