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AICA Documentos - Iglesia Católica - Argentina - Cardenal Jorge Mario Bergoglio, arzobispo de Buenos Aires y primado de la Argentina - Homilía en la misa de apertura de la 92ª Asamblea Plenaria del Episcopado (6 de noviembre de 2006) - Card. Bergoglio
  AICA Documentos - Cardenal Jorge Mario Bergoglio
 

MISA INAUGURAL DE LA 92ª ASAMBLEA PLENARIA

 

Homilía del cardenal Jorge Mario Bergoglio, SJ, arzobispo de Buenos Aires y Presidente de la Conferencia Episcopal Argentina, en la misa de apertura de la 92ª Asamblea Plenaria del Episcopado
(Pilar, 6 de noviembre de 2006)

 

Si la exhortación en nombre de Cristo tiene algún valor, si algo vale el consuelo que brota del amor o la comunión en el Espíritu, o la ternura y la compasión, les ruego que hagan perfecta mi alegría, permaneciendo bien unidos. Tengan un mismo amor, un mismo corazón, un mismo pensamiento. No hagan nada por espíritu de discordia y vanidad, y que la humildad los lleve a estimar a los otros como superiores a ustedes mismos. Que cada uno busque no solamente su propio interés, sino también el de los demás. (Filip. 2: 1-4).

 

Después dijo al que lo había invitado: “Cuando des un almuerzo o una cena, no invites a tus amigos, ni a tus hermanos, ni a tus parientes, ni a los vecinos ricos, no sea que ellos te inviten a su vez, y así tengas tu recompensa. Al contrario, cuando des un banquete, invita a los pobres, a los lisiados, a los paralíticos, a los ciegos. ¡Feliz de ti, porque ellos no tienen cómo retribuirte, y así tendrás tu recompensa en la resurrección de los justos!”. (Lc. 14: 12-14).

* Lecturas del lunes de la 31 Semana durante el año).

 

1. No deja de conmover el tono con que el Apóstol habla a la comunidad cristiana: el nombre de Cristo, el consuelo que brota del amor, la comunión en el Espíritu, ternura y compasión... un tono que conforma el marco de diálogo entre el pastor y su pueblo (Filip.2: 1). Un lenguaje que surge desde las entrañas mismas del pastor en quien la respuesta de su pueblo hará perfecta su alegría. ¡Cuántas veces el Señor ha permitido, por pura gracia suya, que todos nosotros tuviéramos esta experiencia! Experiencia fraguada en el silencio de la oración, en el abandono confiado, en el llamado de Jesucristo (esa certeza de saber de quién nos hemos fiado, cfr. 2Tim. 1: 12), en la escucha paciente de los hermanos que fueron confiados a nuestro cuidado, en la tribulación y la cruz, en la esperanza firme de la definitiva contemplación del rostro maravilloso de Jesús.

 

2. Así es, el diálogo entre el pastor y su pueblo está encuadrado de esta manera y camina hacia el logro de lo que el mismo Pablo expresa: la unidad de la Iglesia, “permaneciendo bien unidos” (Filip. 2: 2), a que todos permanezcan bien unidos. Él en sus cartas es audaz en las expresiones: “Amen con sinceridad... Ámense cordialmente con amor fraterno, estimando a los otros como más dignos” (Rom. 12: 10)... Vivan en armonía unos con otros, no quieran sobresalir, pónganse a la altura de los más humildes...” (Rom. 12: 16) y, en varias ocasiones, habla de engendrar, dar a luz, seguir dando a luz (cfr. 1Cor. 4:15; Gal. 4:19), es decir, continuar dando vida y unidad al pueblo de Dios, estrechando la unidad con ese pueblo del que fue sacado, del que forma parte y al que fue enviado. Y tal unidad se entreteje cotidianamente con las directrices que él mismo les señala: tener un mismo amor, un mismo corazón... no hacer nada por espíritu de discordia o de vanidad... que la humildad nos lleve a estimar a los otros como superiores... que cada uno busque no solamente su propio interés sino el de los demás (cfr. Filip. 2: 3-4). Se manifiesta aquí el temple del pastor que, fatigosamente, desea y cincela la unidad custodiada por esos parámetros que configuran un determinado espacio espiritual.

 

3. Por otra parte, en el pasaje evangélico que acabamos de escuchar hay una consigna del Señor que, de alguna manera, apunta a este espacio pastoral, el único apto para amasar la unidad del pueblo fiel de Dios y entre nosotros: “Cuando des un banquete invita a los pobres, a los lisiados, a los paralíticos, a los ciegos...” (Lc. 14: 12-14). Se trata de un ámbito espiritual procurado por el desinterés y hasta por el despojo personal. Jesús nos llama la atención sobre el sutil engaño que existe en hacer algo por provecho propio y tener allí nuestra recompensa; nos indica, a la vez, el lugar seguro donde el egoísmo que anida en nuestro corazón no nos juegue una mala pasada: la projimidad y la acogida de aquellos que no tienen cómo retribuirnos. Una vez más aparece implícitamente aquel leit-motiv tan reiterativo de la misión del Ungido (cfr. Lc. 4: 18-19).

 

4. El pastor procura y amasa la unidad de su pueblo desde el despojo de sí mismo en el cotidiano desovillarse del servicio, buscando los intereses de Cristo Jesús y no los propios. La unidad en la Iglesia es una gracia, pura gracia, pero una gracia que hay que saberla recibir, deseándola entrañablemente, haciéndole espacio, haciendo cada vez más cóncavo nuestro corazón despojándolo de todo interés mundano. Por ello San Pablo, en la 1ª lectura, nos explicita los contornos de esos espacios de receptividad a la gracia a los que me referí recién: el mismo amor, el mismo sentir, no a la discordia o a la vanidad, sí a considerar superiores a los demás. Y, para despejar toda duda, el Evangelio nos trae la imagen de aquellos que no pueden retribuir como para resaltar la enjundiosa gratuidad de la fiesta.

 

5. Y,  porque de gratuidad se trata, la verdadera unidad en la Iglesia, la verdadera unidad entre nosotros sólo se logra gratis, por puro don del Señor, siempre que estemos dispuestos a recibirla andando por el camino que Él hizo. La primera lectura constituye precisamente una introducción para finalmente presentárnoslo: siendo de condición divina... tomó condición de servidor... se anonadó... se humilló... (cfr. Filip. 2: 6-11). Y Pablo rubrica “tengan los mismos sentimientos de Cristo Jesús” (Filip. 2: 5). Ése es el camino a seguir, ése el lugar teológico para recibir la gracia de la unidad. Ésa es la cavidad existencial que nos hace capaces de tal gracia. Ése es el deseo que va abriendo el espacio necesario en nuestro corazón. El anonadamiento se hace servicio y, desde allí, se amasa la unidad de la Iglesia, allí puede obrar el Espíritu. Sólo desde allí podemos ser receptores y hacedores de unidad... es decir, dejar que el Espíritu Santo haga la unidad y conforme la armonía de la Iglesia. Los Santos Padre decían de Él:  “Ipse harmonia est”.

 

6. Al comenzar estos días de Asamblea pidamos al Señor que nos contagie esta actitud de servicio anonadado que no busca el propio interés. La misma que también asumió nuestra Madre como primera discípula. Actitud que nos dará la “ternura” paternal y  la “compasión” fraterna para exhortar a nuestro pueblo y exhortarnos a nosotros mismos a hacer perfecta nuestra alegría “permaneciendo bien unidos” (Filip. 2: 2). Que así sea.

 

Card. Jorge Mario Bergoglio SJ, arzobispo de Buenos Aires
Pilar, 6 de noviembre de 2006.

 
 
 
 
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